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Tres Experiencias Fundamentales

Doctrinas

Las experiencias de salvación, santificación y el bautismo del Espíritu Santo establecerán a un creyente en su vida Cristiana.

Los Apóstoles predicaron las doctrinas expuestas por Jesucristo; y como constructores de la fe, ellos trabajaron juntos en el establecimiento de la Iglesia Primitiva. Las doctrinas en las que ellos creían y las que enseñaban proveen todavía hoy en día la base fundamental para una vida Cristiana fuerte.

Salvación

La salvación es un acto de la gracia de Dios por medio del cual el hombre recibe perdón por sus pecados y se para delante de Dios como si nunca los hubiese cometido.

Toda persona nace con una inclinación natural hacia el mal. Leemos en Romanos 3:23 que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. El pecado puede ser obvio o sutil, pero siempre produce la separación de Dios. Puesto que todas las personas han pecado, todas ellas están condenadas a la muerte eterna. Sin embargo, Dios en Su infinita misericordia proveyó un camino para que la humanidad pueda escapar de las consecuencias terribles del pecado.

Dios envió a Su Hijo, Jesús, a esta tierra para que viviera como un hombre y para que pagara el castigo por los pecados de la humanidad. Debido a que Cristo se encontraba sin pecado, Él pudo pagar el precio expiatorio. En Su maravilloso amor y compasión, Cristo dio voluntariamente Su vida en la Cruz del Calvario, sufriendo una muerte de agonía de manera que la humanidad pudiese recibir el perdón por los pecados a través de Su Sangre derramada.

La gracia de Dios se ofrece a todos. Cualquiera que sea la condición de un individuo, Jesús está deseoso de salvarlo. La Palabra de Dios promete: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37), pero el individuo debe hacer una elección personal para aprovechar de la salvación.

Los pasos para recibir la salvación se describen en la Palabra de Dios. En el momento en que un individuo realiza estos pasos de manera honesta y sincera, Dios le perdonará y le asegurará que nació de nuevo a una vida nueva en Cristo.

  • Reconocer la necesidad. El primer paso para recibir el perdón es el de darse cuenta de la necesidad de hacerlo. Cuando una persona reconoce que es pecadora y está condenada al Infierno, se verá correctamente a sí misma como que se encuentra en una necesidad desesperada de la intervención de Dios para salvarla de la condenación eterna.
  • Arrepentirse y confesar. Cuando un pecador llega delante de Dios con un lamento genuino por sus pecados y los confiesa, pidiendo perdón a Dios, Dios no lo rechazará.
  • Abandonar todo pecado conocido. Una persona que está verdaderamente arrepentida estará dispuesta a alejarse de los pecados de su pasado y proponerse a no volver jamás a ellos.
  • Pedir. El pecador arrepentido debe invitar a Jesucristo para que entre en su corazón y en su vida, dejando el control de su vida en completa honestidad y rindiéndose ante Él.
  • Creer. Cuando un pecador ha llegado a Dios por misericordia y perdón, la brecha entre él y el Salvador debe ser cubierta mediante la fe. Cuando fe prevalece, el pecador recibe la salvación.

Dios hará que una persona sepa cuándo ha sido salvada. El gozo y la paz reemplazarán los sentimientos de culpa, de vacío y el dolor del corazón. La sensación de condenación se irá en un momento de tiempo. En su lugar estará un amor profundo por Dios y un deseo para complacerlo a Él.

Cuando una persona es convertida, se para delante de Dios como si no hubiese pecado jamás. Leemos en 2 Corintios 5:17: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. La perspectiva y el estilo de vida del nuevo creyente cambien. No solamente cambian las acciones, sino también los deseos son transformados.

Una vida nueva en Cristo es posible para toda persona. La realidad de un nacimiento nuevo fue probada por un número incontable de personas quienes experimentaron el perdón de Dios y una transformación completa en sus vidas.

Santificación

La santificación es la segunda obra instantánea y definida de la gracia, subsiguiente a la salvación, la cual se produce en el creyente a través de la Sangre de Jesucristo.

La palabra santificar viene de la palabra griega hagios, la cual significa “santo”, de modo que la experiencia de la santificación se menciona algunas veces como “santidad”. El verbo santificar tiene dos significados: “hacer santo o purificar” y “consagrar o separar de la impiedad y dedicar a Dios”. Estas palabras revelan que una persona santa y santificada es aquella que fue consagrada o separada para servir a Dios, y es limpiada de su naturaleza pecaminosa.

Cuando una persona ora por la salvación, recibe la certeza de que sus pecados fueron perdonados. Sin embargo, queda dentro de ella esa naturaleza carnal a partir de la cual se originaron aquellos pecados. Esa es la razón por la cual es necesaria la santificación. La salvación trata con de pecados cometidos, mientras que la santificación trata con de la naturaleza del pecado.

Pablo escribió a los creyentes de Tesalónica acerca de su deseo que el “mismo Dios de paz os santifique por completo”. (1 Tesalonicenses 5:23) Esa es la razón por la cual la experiencia de la santificación se refiere algunas veces como “santificación entera”. La experiencia de la santificación es completa.

En muchas referencias del Nuevo Testamento en cuanto a la santificación y la santidad, se revela su naturaleza definida e instantánea en el texto griego original mediante el tiempo aoristo del verbo, el cual indica un acto completado en vez de indicar uno en proceso. La experiencia de la santificación no es un proceso gradual. Se realiza en un instante, aunque un Cristiano santificado continúa aprendiendo a aplicar lo que ha recibido en cada aspecto de su vida.

En Hebreos 13:20-21 leemos: “Y el Dios de paz … os haga aptos en toda obra buena”. La santificación provee un corazón perfecto, donde la persona ama al Señor con todo su corazón, alma, mente y fuerza, y sus acciones sean motivadas por la devoción a Dios. Ella restaura la naturaleza pura que la humanidad disfrutaba antes de la caída del hombre. Los individuos santificados cultivan la pureza en espíritu, alma y cuerpo y se apartan de cualquier cosa que los pudiese contaminar.

Las personas no son mental, física o emocionalmente perfectas como resultado de la santificación: ellas son moralmente perfectas. Los individuos santificados todavía tienen limitaciones físicas, mentales e incluso emocionales que son el resultado de la caída. La santificación no elimina la posibilidad de ser tentados. Incluso la persona santificada, con una condición moral pura, puede elegir rechazar lo que conoce que es correcto y volver al pecado, aunque eso ciertamente no es necesario.

Una persona se acerca a Dios para la santificación de una manera diferente a cómo ella se le acerca a Él para la salvación. Cuando busca la salvación, una persona viene ante Dios en arrepentimiento y pide por la misericordia y el perdón. Cuando ese individuo desea ser santificado, acude ante Dios con un reconocimiento de que necesita más. Está hambriento por la capacidad de amoldarse completamente a la imagen y la naturaleza de Cristo, de modo que él acude a consagrarse, presentando su vida en sumisión total como un sacrificio vivo. Esta es su parte para entregarse o separarse a sí mismo para Dios. En la medida en que él mira hacia Dios en una fe simple, creyéndole a Él por esta experiencia, Dios hace Su parte al purificar su corazón y hacerlo santo.

Una persona sabe cuándo ha recibido la experiencia de la santificación. Una sensación de pureza interna fluye sobre ella. La inclinación hacia el pecado se fue y una paz más profunda y gozo entran en su alma. El Espíritu de Dios atestigua con su espíritu que su corazón fue limpiado.

El Bautismo del Espíritu Santo

El bautismo del Espíritu Santo es la experiencia de la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, entrando en la vida de una persona a fin de darle poder para el servicio de Dios.

La palabra que se traduce bautismo significa “sumergido; totalmente cubierto”. Cuando un creyente santificado recibe el bautismo del Espíritu Santo, esa persona queda totalmente sumergida y se llena con el Espíritu Santo. Jesús les dijo a Sus discípulos que así como Juan había bautizado con agua, ellos serían bautizados con el Espíritu Santo. La palabra bautizar dio a Sus seguidores una idea de lo que debían esperar: que ellos serían sumergidos en el Espíritu Santo.

Antes de que Jesús ascendiera al Cielo, Él dejó instrucciones a Sus discípulos para que se quedaran en Jerusalén hasta que hubiesen recibido la “promesa del Padre”, el llenado del Espíritu Santo. En obediencia, un grupo de 120 personas se reunió en un aposento alto en Jerusalén. Allí, después de diez días de oración, el poder de Dios descendió. Leemos: “De repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:2-4).

En los días siguientes, el Espíritu Santo continuó derramándose sobre los creyentes. Aproximadamente ocho años más tarde, el Espíritu fue dado a los gentiles en la casa de Cornelio. Nosotros leemos también que el Espíritu Santo cayó sobre los creyentes en Éfeso. Todos recibieron el Espíritu Santo con la evidencia de hablar en otras lenguas.

Antes del siglo veinte, Dios derramó Su Espíritu sobre individuos y pequeños grupos aquí y allá. Luego, en abril de 1906, un pequeño grupo de personas comenzó a tener reuniones de oración en un hogar en Los Ángeles, California, Estados Unidos, con el propósito de buscar al Espíritu Santo. Sobre ese grupo de Cristianos, Dios derramó el bautismo del Espíritu Santo. Ellos también hablaron en otras lenguas según el Espíritu les daba que hablasen.

El bautismo del Espíritu Santo todavía se encuentra disponible para los creyentes salvados y santificados. Cuando el corazón es puro delante de Dios, el creyente debería buscar a Dios en oración para el bautismo del Espíritu Santo. Aunque se hubiesen hecho las consagraciones cuando alguien busca la santificación, Dios requiere una entrega adicional de cuerpo, alma, mente y espíritu. La fe es un ingrediente clave para obtener esta experiencia. El que busca debe creer que la promesa de Dios es verdadera y llegar por fe a aceptar el don prometido.

Hablar en otras lenguas es la evidencia que significa que el Espíritu descendió. Esa evidencia es consistente en todas las culturas y eras. Este lenguaje no es una charla incoherente, sino un lenguaje definido, comprensible. Cuando el poder cayó sobre aquellos que estaban en el Aposento Alto el Día de Pentecostés, sus oyentes “estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua” (Hechos 2:6).

La Escritura indica que el Espíritu Santo se otorga para dar poder a los creyentes. Jesús prometió a Sus discípulos: “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:8). Ese poder les permitió ser testigos de la resurrección de Cristo. El Espíritu Santo les otorgó coraje, arrojo, confianza, perspicacia, capacidad y autoridad. Hoy en día tenemos las mismas necesidades, y está disponible la misma provisión. La persona que recibe el Espíritu Santo tendrá una mayor unción y capacidad para testificar de Cristo.

En Hechos 2:39, Pedro declaró: “Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare”. Si ustedes son salvos y santificados hoy, Dios tiene esta experiencia para ustedes.

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Como Cristianos debemos volver a recordar las experiencias fundamentales que hemos tenido con Dios mismo, y permitir que lo que recibimos allí nos sostenga durante los tiempos de crecimiento, los tiempos de desafíos y durante las pruebas que llegan a la vida de cada uno. Nunca olvidaremos aquellos momentos cuando nos encontramos con Dios y Él bendijo nuestras vidas con estas experiencias espirituales definidas.

Una razón por la cual las personas pierden el rumbo en sus caminos espirituales es porque no tienen algo definido, una experiencia inconfundible a la cual puedan volver a recordar para que los mantenga constantes. ¡Ese fundamento fuerte es necesario para permanecer constantes y fuertes en nuestras vidas espirituales!

Hoy en día, si ustedes necesitan ser salvos, Dios los salvará: Él les perdonará sus pecados y pondrá paz y alegría en sus corazones.

Si ustedes necesitan ser santificados, nosotros sabemos que Dios está esperando para santificarlos, porque Él nos ha llamado para ser santos como Él es santo.

Si ustedes necesitan ser llenados con el Espíritu Santo, tengan la seguridad de que Dios quiere bautizar individuos con el Espíritu Santo y fuego.

Estas son experiencias que ustedes volverán a recordar durante el resto de sus vidas. Serán capaces de relatar a otras personas el tiempo y el lugar en que ocurrieron, puesto que ellas serán sus hitos en sus caminos con Dios.

¡Miren hacia Dios hoy por las experiencias definidas que Él tiene para ustedes!