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Milagros Cambian el Hogar de un Tabernero

Testimonios

Mi padre fue tabernero, tal como lo fue su padre y su abuelo antes que él. Yo pensé que eventualmente seguiría sus pasos, pero Dios realizó un milagro en nuestro hogar.

De niño pasé mucho de mi tiempo alrededor de la taberna de mi padre. No puedo recordar cuando me fue dado mi primer trago de licor, pero desde pequeño solía treparme a esos altos taburetes, y cuando era pasado el vaso, tomaba un trago con el resto de ellos. Fui literalmente enseñado a pecar desde la juventud, pero aún cuando joven, era entristecido por la carga del pecado.

Mis padres amaban a sus hijos pero no había ni paz ni felicidad en nuestro hogar a causa de los pleitos y las peleas que sucedían. Nosotros no leíamos la Biblia, y nunca orábamos. Había ido a la escuela dominical algunas veces cuando era joven, pero no quería esa forma de vida. Quería ser un tipo duro como mi papá.

Un día, mi papá y mi tío tuvieron una pelea terrible. Mi tío trató de dispararle a papá, pero la pistola falló. Después de eso, papá decidió vender todo y mudarnos a varios kilómetros de distancia. Vi a mi padre hundirse en amarga derrota, mientras trataba con sus propias fuerzas de alejarse del pecado. Aprendió de la manera difícil que no podía hacerse sin la ayuda de Dios.

Al crecer, mi papá me dijo en varias ocasiones: “No vivirás mucho en este mundo, así que obtén lo mejor que puedas de él”. Traté de seguir su consejo, y rápidamente las cosas de este mundo se volvieron mis dioses. Creí estar pasando un rato maravilloso, pero los hábitos del pecado pronto se fijaron en mi vida al grado de que no podía deshacerme de ellos. Me comencé a percatar de que era un hombre joven derrotado, y quería una vía que me alejara del pecado. Sabía que la vía de mi papá no había funcionado, y con gran amor y compasión, Dios me permitió escuchar sobre Su poder de salvación.

Un día mi tía y mi tío aparecieron en la puerta de enfrente, y ¡qué mensaje trajeron! Nos dijeron que después de habernos mudado, habían conocido a algunas personas de la Iglesia de la Fe Apostólica. Cuando escucharon la historia del Evangelio, mi tía y mi tío oraron y “volvieron a nacer”. Habían sido liberados de su vieja vida de pecado y derrota. Mi tío dijo que había venido a nuestra casa a pedir el perdón de mi padre. Esto me impresionó sobremanera y me dio una vislumbre de la luz de la salvación.

Junto con los otros problemas en nuestro hogar, mi madre tenía cáncer del estómago. Los doctores le dijeron que seis meses era lo más que podía vivir. Yo era el hijo mayor en la familia, y con cinco hermanos menores, me pregunté muchas veces qué nos pasaría cuando nuestra madre muriera. Durante su visita, mi tía y mi tío nos dijeron que Dios podía curar a mi madre y remover todo rastro de esa enfermedad horrible.

Ese otoño, mi mamá le pidió a mi papá que la llevara a Medford, Oregon, para que pudiera pasar su último Día de Acción de Gracias con esta tía y este tío que habían vuelto a nacer. Llegamos antes de los días de fiesta, y mi tía y mi tío pronto nos empezaron a contar más acerca de Jesús. Le dijeron a mi madre que Dios podía salvar su alma y también curarla.

Por alguna razón, no me sentía a gusto en aquella casa. Era adolescente sabelotodo, y las vidas Cristianas que veía ahí me hacían miserable. No me daba cuenta de que la miseria en mi vida era convicción por el pecado en mi vida. Cuando sentí que no podía aguantarlo más, dejé aquella casa por unos días.

Al acercarse el Día de Acción de Gracias, sabía que tenía que regresar y estar con mi madre, porque estaba seguro de que éstos serían sus últimos días de fiesta con nosotros. ¡Qué milagro encontré cuando regresé! Jesús la había salvado y curado de ese espantoso cáncer. Al sentarme ese día enfrente de ella en la mesa del comedor, estaba asombrado mientras la observé comer una comida nutritiva. Ella no había podido comer comida sólida por meses, y ahí estaba, comiendo cualquier cosa que quisiera. Me mantuve diciéndole: “¿Madre, qué estás haciendo? ¡Estarás llorando y gritando de dolor!”

Ella respondió: “Hijo, mientras estuviste fuera, visité la Iglesia de la Fe Apostólica. Esa gente de Dios oraron por mí, y Jesús salvó mi alma, y Él sanó mi cuerpo. Nuestro hogar va a ser diferente ahora”.

Mientras la miraba, Dios le habló a mi corazón y me dejó saber que mi madre había encontrado algo que yo necesitaba. Nos preguntó a mi padre y a mí si iríamos a la iglesia con ella esa tarde. Le doy gracias a Dios por haber ido.

Nunca olvidaré esa noche. Mientras estaba sentado en la iglesia y escuchaba la historia de Jesús, me di cuenta de que había entrado en contacto con la verdad. Escuché que Jesús podía entrar a la vida de una persona, tomar el pecado y la miseria, y darle una vida nueva. Eso era lo que yo quería.

Cuando la reunión terminó, me acerqué con mi papá, y nos arrodillamos en un viejo altar de madera. No sabía acerca de la decisión de mi papá, pero sabía que terminé con el pecado. Vertí mi corazón a Dios y le pedí que me diera lo que le había dado a mi madre. ¡Qué cambio ocurrió! La carga del pecado se levantó, y el Señor puso paz y alegría en mi corazón. En un instante, Él limpió mi vida y se llevó todo deseo de licor, cigarrillos, peleas y todo lo que era malvado. El pecado ya no me tenía atado. Esa misma noche el Señor salvó a mi papá. Nuestro hogar fue cambiado por un hogar Cristiano. ¡Qué milagro!

Años después, mi madre se enfermó, y mi hermana insistió en que ella fuera a ver al doctor. Después de radiar a mi madre con rayos-x, el doctor le dijo con asombro: “¿Qué te ha pasado? Parte de tu estómago se ha ido. ¡Es una hermosa operación! Es el trabajo más limpio que he visto. ¡Ni siquiera tienes una marca de incisión!” Mi mamá le dijo: “Jesús me operó. Él hizo el trabajo”. El Señor había hecho un trabajo perfecto.

He tenido la oportunidad de probar la fidelidad del Señor en muchos lugares difíciles, y Él nunca me ha fallado. Amo al Señor, y lo alabo por la esperanza del Cielo que está en mi corazón.